El corazón de la música
¿Qué sería de la música sin melodía? Hace poco una alumna con mucho talento me enseñó unas composiciones suyas. Yo eché de menos «la melodía», y ella se quedó un poco perpleja, porque no concibe la música como la suma de partes (melodía, armonía, ritmo), sino como un todo que le sale de forma espontánea, sin aplicar teorías ni esquemas predefinidos.
¡Qué maravillosa manera de hacer música! Reconozco que cuando me dejo llevar y compongo de esa manera encuentro más «mi voz» en el instrumento, que cuando sigo una pauta estilística con sus normas.
Me hizo reflexionar sobre cómo explicar lo que es melodía, y a cuestionar su importancia y lugar.
A veces hay temas donde lo rítmico, lo armónico o la textura son los protagonistas. Entonces, ¿es la melodía imprescindible?
Te invito a reflexionar sobre la melodía, y cómo hacerla cantar en tu instrumento.
¿Qué es una melodía?
En la entrada del blog «¡Números y más números!» escribí que melodía es aquello que «puedes cantar, todo el mundo lo recuerda, y emociona a personas de 0 a 100 años…».
En cualquier época de la historia ha habido grandes defensores de la melodía como el corazón de la música. Quincy Jones decía que puedes aprender armonía, ritmo, improvisación… pero que la melodía viene directa de Dios. Si buscas citas de músicos tan dispares como Charlie Parker, George Harrison, Tommy Emmanuel, Julian Lage, Jacob Collier… todos tienen profunda admiración por el arte de crear melodías que conectan con las emociones, siempre con cierto halo de misterio a la hora de concretar «qué es lo que tiene que tener una buena melodía».
Cuando pensamos en nuestras canciones favoritas, lo primero que suele venirnos a la cabeza es una línea melódica: el estribillo que se queda pegado, un riff de guitarra inconfundible, una frase de saxo, un solo de violín o, por supuesto, una voz humana con su timbre único.
¿Qué hace que una melodía funcione?
No hay una fórmula única, pero sí ciertos rasgos que suelen estar presentes:
- Cantabilidad: que pueda tararearse o silbarse fácilmente.
- Dirección: que tenga un inicio, un desarrollo y un destino.
- Repetición y variación: lo suficiente para que sea reconocible, lo justo para que no se vuelva monótona.
- Expresividad: puede ser dulce, agresiva, alegre, melancólica… lo importante es que diga algo.
¿Se puede sistematizar la construcción de melodías?
A lo largo de la historia no son pocos los músicos que han querido diseccionar los ingredientes de una buena melodía. Cantabilidad, dirección, repetición/variación, expresividad… son algunos de los rasgos posibles, pero realmente no hay límite de posibilidades.
Te daré una característica que en muchos estilos aparece y suele funcionar bien: hay una nota (o unas pocas) que sirven de cima de la montaña, es decir un punto álgido más agudo en la curva de la melodía, siendo ese punto único.
Eso parece darle a nuestro oído una guinda del pastel, una torre más alta en el castillo…
Pero los rasgos de una melodía también están condicionados por el timbre, la letra, el ritmo, la armonía…
Este artículo no es más que una invitación a abrir el oído a las melodías, a coger la guitarra y tratar de tocar como si cantara, a articular los sonidos para decir algo más. Una invitación a recordar por qué nos enamora la música y a tocar desde la intuición para buscar nuestra voz.
La próxima vez que escuches música, fíjate en la melodía: ¿qué la hace especial?, ¿cómo se relaciona con el acompañamiento?, ¿podrías cantarla sin el resto? Y si compones, hazte esta pregunta sencilla pero poderosa:
¿Dónde está mi melodía y qué quiero que diga?



2 comentarios en “La melodía”
Un artículo estupendo Rodrigo; lo único que se me ocurre después de leerlo es quedarme en silencio para ver si por parte de Dios, como bien dice Quincy Jones, se me concede ese regalo de «melodía».
Realmente hay algo mágico, y no sólo en la melodía. Si no por qué íbamos a estar aquí con la guitarrita una y otra vez, ¿verdad?